viernes, 15 de enero de 2010

POR UNA ESPAÑA LAICA

La iglesia católica española por boca de sus prelados no deja de alimentar la necesidad que muchos sentimos de que España avance hacia el laicismo y deje de una vez por todas a un lado los vínculos que como estado mantiene con ella.
Hace pocas semanas el arzobispo de Granada, Javier Martínez comparó en una homilía la nueva ley del aborto con los crímenes perpetrados por el nazismo, derivando su alocución a una sonrojante declaración que bien podría ser tomada por la fiscalía para actuar de oficio bajo la acusación de incitación a la violencia contra las mujeres.
"Matar a un niño indefenso, y que lo haga su propia madre, da a los varones la licencia absoluta, sin límites, de abusar del cuerpo de la mujer, porque la tragedia se la traga ella".
Pero he aquí que el recién nombrado obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, quizás celoso de la páginas de prensa acaparadas por su colega granadino y con la necesidad de entrar por todo lo alto en su nuevo cargo, ha saltado hoy mismo a la palestra con un muy particular análisis de la terrible situación que están viviendo en Haití.
"Lamentamos muchísimo lo de Haití, pero igual deberíamos, además poner toda nuestra solidaridad y recursos económicos con esos pobres, llorar por nosotros y por nuestra pobre situación espiritual. Quizá es un mal más grande el que nosotros estamos padeciendo que el que esos inocentes están sufriendo".
La iglesia católica en su cruzada contra el ser humano, como libre-pensador que elige preocuparse más de lo que es tangible y afecta directamente a la sociedad en que vivimos que de aquellos dogmas nada terrenales, demuestra ser capaz de todo y tener muy pocos escrúpulos a la hora de mostrar su descontento con el cariz que están tomando los tiempos para su cada vez más reducido poder, reliquia de otros tiempos en los que la superstición y la menor formación intelectual de los ciudadanos les hacían ser víctimas de la coacción del poder de Roma. Así, acorralados ante el nuevo poder que reside en el pueblo por medio de sus representantes políticos, han decidido emprender una huida hacia delante en vez de adaptarse a los nuevos tiempos que demandan una fe vivida desde el interior de cada uno y alejada, por tanto, de poderes políticos y sociales.
Ante la remisión mostrada por la iglesia a pasar al ámbito privado, debería ser el estado quien diera ese primer paso por ella. Este primer paso sería declarar España como estado laico, ya que en la actualidad es aconfesional, lo que implica que toda fe religiosa está en disposición de recibir el mismo tratamiento y las mismas prebendas por parte del estado, siendo la iglesia católica la gran beneficiada de esta situación.
En un estado laico estos acuerdos son inexistentes y la relación iglesia-estado no va más allá de las creencias individuales de cada uno de los miembros del parlamento. Así, de este modo, se cortarían definitivamente esos vínculos que unen al estado español con la iglesia católica y ésta pasaría de una vez por todas a esa privacidad de donde nunca debió salir.